martes, 11 de enero de 2011

EL EBRO, UN RÍO ABANDONADO A LAS OBRAS


España ha sido un estado de obras, abducido por la construcción, inmobiliaria y civil, con intereses enquistados en el corazón de las administraciones públicas. Ello nos ha traído las nefastas consecuencias que estamos padeciendo, ya que estamos abocados a una enorme deuda pública y privada, que no somos capaces de honrar. Olvidando la clásica dicotomía de “cañones o mantequilla”, se han dirigido cuantiosos recursos prestados a fabricar infraestructuras y grandes proyectos sobredimensionados, cuando no directamente prescindibles, cuyos costes de construcción y operación los hacen ruinosos. De ellos se ha beneficiado efímeramente, pero a manos llenas, el sector de la construcción. En la mayoría de los casos, estos proyectos han traído consigo un impacto ambiental negativo e irreversible.

Solo desde esta perspectiva se puede explicar cómo todavía puede confundirse el progreso con el hormigón, con el asfaltado o el movimiento de tierras. Y cómo aún hay quien entiende que mantener un río limpio consiste en dragarlo periódicamente, con la única prevención de si el que debe pagar es el alcalde o el Rey. Muchos réditos, de toda índole, tuvo que dar esta política en el pasado para que todavía se intente darle cuerda al mismo juguete roto.

Estas reflexiones ponen el marco necesario para analizar el contrasentido de la propuesta de un gran dragado del Ebro, como “solución final” del cúmulo de despropósitos que acarreamos desde los fastos de la Expo2008. La pretensión de que el cauce de un río vivo se mantenga congelado en una foto fija es una vana pretensión, a no ser que éste se desnaturalice hasta convertirlo en un canal de orillas encementadas.

¿Qué sentido tiene ignorar que el Ebro es un río de gravas y que los sedimentos son elemento constitutivo y fundamental del sistema fluvial? Las gravas son un patrimonio natural tan valioso como los elementos biológicos, un valor geomorfológico reconocido por toda la comunidad científica internacional, que demanda la protección de los cauces y su estructura.

La dinámica fluvial produce constantes cambios morfológicos, y los arrastres de las crecidas inducen fluctuaciones de las barras de grava, que son alteradas y removidas en los periodos de avenidas importantes, para regenerarse posteriormente en las mismas zonas sedimentarias, como en este caso es la zona de Helios.

Aunque una parte de sus gravas procedan de las penínsulas de los puentes, para su formación se extrajeron del propio cauce, y ahora son indistinguibles, por lo debe ser el río el encargado de naturalizarlas, y ya lo va haciendo. La desastrosa experiencia de los anteriores dragados dedicados a forzar una esperpéntica navegabilidad del este tramo en el estiaje, debería por sí sola disuadir de perpetrar mas agresiones inútiles y costosas al río.

Achacar que la barra de sedimentos de Helios “genera una merma para la seguridad de la población en caso de avenida”, sin documentar en qué tipos de datos o modelo predictivo se apoya, es una afirmación arbitraria, máxime cuando es un lecho plástico que la propia crecida moldea. Cosa bien distinta es el azud de Vadorrey, que sí es un obstáculo interpuesto transversalmente en el cauce y al que, paradójicamente, los promotores, en su día, no le asignaron influencia apreciable en los riesgos de inundación. Sin embargo ahora afirman que “esos sedimentos si fueran movilizados por una crecida podrían invalidar el funcionamiento y causar daños importantes en el azud”. Es decir, que se culpa a las gravas del riesgo, y no al azud. Si de protegerse de los riesgos de inundación se trata, debería quitarse el azud, que es el que podría generar el problema, y no las gravas.

Y en cuanto a incrementos de inundabilidad, mas significativos pueden ser los edificios de la Expo, al restringir el freático inundable, y el propio pabellón puente, asentado en una gran isla artificial escollerada que restringe la capacidad de desagüe, y nadie ha hablado de retirarlos.

Ricardo Aliod. Fundación Nueva Cultura del Agua. Profesor de Hidráulica. Universidad de Zaragoza.

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